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La última autoridad moral en el poder

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José Mújica habló una palabra demás sobre Cristina Fernández

José Mujica vive en tiempos extraños. En los setenta él fue guerrillero, guevarista de verdad, procubano y radical. 40 años después, cuando se ha convertido en el presidente de izquierda más liberal de Sudamérica, se encuentra rodeado de guevaristas, procubanos y radicales trasnochados que, en esos tiempos, quién sabe dónde andarían.

No le sorprenderá demasiado, porque a los 77 años y habiendo vivido lo que él, pocas cosas deben sorprenderle a uno. Pero es mucho pedir que no se le vaya la lengua de vez en cuando. 

 

"Esta vieja es peor que el tuerto…"  Cristina Fernández viuda de Kirchner (el tuerto) tiene razones para sentirse devastada por esta declaración que Mujica nunca quiso que fuera pública. Ella, que se considera, lo mismo que su antecesora Evita, como la vanguardia de la revolución conosureña, ha sido puesta en evidencia por el único presidente irreprochable, el único que puede ser visto por cualquiera como una autoridad moral del continente.

En tiempos de dictaduras, cuando Cristina y Néstor Kirchner eran una pareja de jóvenes políticos de provincia que trabajan para crearse un capital político (y un capital a secas), el actual presidente de la República Oriental del Uruguay vivía en las peores condiciones imaginables en las mazmorras del régimen militar que estableció el fascismo como forma de gobierno en su país.

Mujica fue un dirigente de los Tupamaros, la guerrilla urbana de inspiración guevarista que quiso tomarse el cielo por asalto en Uruguay en el año más emblemático de la revolución mundial: 1969. Cayó preso en el 72 y así permaneció por 14 años.

Nunca hace alarde de ese pasado. No habla en público de las torturas o de las jornadas de aislamiento que vivió en un hueco bajo tierra; no anda cantando canciones al Che Guevara en cada mitin, ni haciendo proclamas revolucionarias, ni proclamando su oposición al imperio. Cuando él decidió abandonar la lucha armada y participar en la política, postularse para senador (cargo al que llegó en 2004) y apostar por democracia, renunció también al discurso incendiario y a la parafernalia iconográfica correspondiente a su vida anterior.

Si por algo es respetado José Mujica más allá de las fronteras latinoamericanas, no es por su discurso, sino por el ejemplo que da con su vida. Y de esto se ha escrito ya bastante. Él atribuye su tendencia a comportarse como un ciudadano cualquiera y a no establecer ningún tipo de distancia con la gente común como una tradición uruguaya inaugurada en los años veinte por José Batlle y Ordóñez, el gran reformador que estableció el Estado de bienestar (tempranamente para América del Sur) y convirtió a Uruguay en la democracia más sólida de su continente. El caso es que Mujica ha llevado esa voluntad un poco más lejos que sus antecesores en la presidencia.

Luis Alberto Lacalle, el político derechista a quien se impuso en las elecciones de 2009, también vivió en su propia casa cuando fue presidente, en lugar de ocupar la opulenta mansión presidencial de las calles Suárez y Reyes. Pero el millonario oncólogo vivía en un palacete del adinerado barrio montivideano de El Prado, mientras Mujica ocupa una ruinosa casa de clase media que el mismo Lacalle calificó, en tiempos de campaña, como " una cueva" .

Todos estos detalles son bien conocidos: que la seguridad presidencial se limita a dos guardias y un vehículo estacionado en un polvoriento camino rural en Rincón del Cerro, un barrio de la periferia; que su casa, de tres ambientes y paredes húmedas y grises, no tiene más lujos que un raído sillón de cuero rojo y una estufa, una cocina modesta y un estante de libros; que la pasión del presidente está en el terreno de atrás, donde cultiva una huerta de hortalizas y crisantemos que vende en el mercado local más cercano; que maneja un Volkswagen escarabajo del año de la pera, avaluado en 1 800 dólares, y cuida con ternura de una perrita de tres patas.

Tampoco han pasado inadvertidas para la opinión pública internacional sus cuentas personales. Se sabe que vive con menos de 1 500 dólares mensuales, correspondientes al diez por ciento de salario presidencial, pues dona el noventa restante para obras sociales y para financiar su movimiento político.

Todo lo cual contrasta escandalosamente con su homóloga argentina, famosa por sus paseos de compras en la Quinta Avenida neoyorquina, donde la vieron gastando decenas de miles de dólares en zapatos.

Pero si la pobreza del presidente es proverbial, no lo es menos su coraje político para proponer cambios que colocan a su país en la vanguardia de las democracias del mundo. En junio del año pasado José Mujica fue, a pesar de la fuerte oposición interna, el primer presidente en funciones que propuso la legalización de la marihuana. Consiguió también la aprobación del matrimonio homosexual y puso en rigor la ley sobre el derecho del aborto más avanzada del mundo. Es decir: mientras otros presidentes sudamericanos autollamados izquierdistas son incapaces de abandonar su conservadurismo, él impulsa una auténtica revolución cultural en su sociedad sin necesidad de insultar ni descalificar a nadie.

No ha sido fácil: el atrevimiento político de José Mujica le ha costado ahí donde los presidentes más temen: en las encuestas. Este año su índice de rechazo subió por sobre el cincuenta por ciento. Y hasta se hicieron célebres (porque The New York Times las reprodujo) las críticas decepcionadas de sus vecinos pobres, campesinos ancianos escandalizados por lo de la marihuana y el aborto que le recomiendan " volver a los crisantemos" . A él no le importa. Particularmente –y en esto vuelve a marcar distancia con sus colegas de América del Sur- las encuestas le tienen sin cuidado. " Si me preocupara de los encuestadores –ha dicho- no podría ser presidente" . (RA)

El discurso de Mujica

  • Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente es la felicidad humana’
  • Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va.
  • Y ningún bien material vale como la vida y esto es lo elemental’
  • ¿Tiene el mundo hoy los elementos materiales como para que 8 000 millones de personas tengan el consumo y el despilfarro que tienen sociedades occidentales?’
  • El desafío que tenemos es de una magnitud colosal y la gran crisis no es ecológica, es política’
  • El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que estas lo gobiernan’
  • No podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, lo que tenemos que hacer es nosotros gobernar al mercado’{jcomments on}

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