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Una lucha amazónica con rostro de mujer

El Universo

“El tiempo pasa, pero la realidad no cambia”. Lo dice la kichwa del pueblo Sarayacu Cristina Gualinga, 17 años después de que ella liderara la primera movilización de mujeres indígenas amazónicas de la provincia de Pastaza (1996), para reclamar en Quito por la entrega de bloques petroleros en la Amazonía.

Hoy, a sus 72 años, Gualinga tiene las mismas motivaciones para recorrer las calles de las ciudades y pedir la no ampliación de la frontera petrolera en los territorios amazónicos. Ella lo explica a su manera. Afirma que quiere decirles a los gobernantes de turno que su pueblo no es esclavo de nadie, que ella es dueña de su tierra y que lucharán como madres para defender lo que sus abuelos les dejaron a sus nietos.

Es la cuarta ocasión que desde 1992 participa en estas caminatas con el mismo propósito. Pero esta vez y al igual que en 1996, la iniciativa tiene el rostro de unas 130 mujeres de las nacionalidades kichwa, sápara, shiwiar, shuar y huaorani de Pastaza.

Las mujeres amazónicas partieron en buses el 11 de octubre pasado de la capital de Pastaza, Puyo, con yuca masticada lista para preparar chicha y hojas de guayusa en fundas. Desde entonces se han detenido para realizar marchas en al menos ocho ciudades a lo largo del trayecto de 213 km entre Puyo y Quito, adonde llegaron el miércoles pasado. Fueron cinco días en los que han dormido sobre finas esteras ubicadas en las sedes de los centros y movimientos indígenas, en los que se han situado por nacionalidad en sus habitaciones, tal como ocurrió el lunes pasado cuando coparon la sede del movimiento indígena en Latacunga (Cotopaxi).

En esta ocasión exigen la paralización de la XI Ronda Petrolera en Pastaza (cuyo plazo de licitación vence en noviembre próximo, tras varias prórrogas); la inclusión del concepto de Selva Viva o Kausak Sacha (en kichwa), como una nueva categoría de territorialidad que significa el cuidado de todo lo que está dentro de la selva (animales, hombres, tierra, vegetación, espíritus); y la no explotación del Yasuní y el respeto al territorio de sus hermanos no contactados (tagaeris y taromenanes).

La iniciativa surgió a mediados de septiembre pasado en medio del debate para evitar que los efectos que ha dejado la explotación petrolera en las provincias del norte (Sucumbíos y Orellana), como procesos acelerados de aculturación, apertura de vías en sus territorios y enfrentamientos con madereros y petroleros, se extiendan a la selva de Pastaza.

 

“No teníamos experiencia, ni muchos recursos para la movilización y en algunos casos ni español hablaban, pero el peligro en el que está la herencia de nuestros hijos, si se sigue explotando el petróleo, nos obliga a superar el frío y el hambre”, cuenta María Ushigua, dirigente de la nacionalidad sápara, mientras arrullaba en idioma kuitsa sápara a su hijo Manari (que significa caimán), de 3 años.

Gloria Ushigua, de la comunidad de Yanchamacocha, cree que la intervención femenina es necesaria para ocupar un espacio que ha quedado abandonado por la persecución gubernamental de los que protestan y el silencio. Aunque también están motivadas, dice Ushigua, ante la supuesta corrupción de ciertos líderes amazónicos hombres que a espaldas de las bases “en lugar de defender el territorio, lo están entregando para que sea arrasado”, acota la dirigente.

La marcha denominada Caminata por la Vida o Huangana Colectiva se concreta luego de que, el 4 de octubre pasado, la Asamblea Nacional declarara de interés nacional la explotación de los bloques 31 e ITT (Ishpingo, Tambococha y Tiputini) en el Yasuní, a pedido del presidente Rafael Correa.

Para sus organizadoras la iniciativa es el mecanismo escogido para que la opinión pública escuche el pensamiento de la madre amazónica que pide, dice Linda Enqueri, líder huaorani, “que no insistan con una explotación petrolera que en 40 años de existencia no ha dejado beneficios, sino que ha vuelto pobres a las comunidades y pueblos que la rodean”.

Según el censo del 2010, la pobreza por ingresos afecta al 49% de la población amazónica. La situación empeora si se toman en cuenta las necesidades básicas insatisfechas que afecta al 75,6% de los habitantes.

Nancy Santi, dirigente de la comunidad kichwa Kausak Sacha, dice que el hecho de que los hombres líderes de la Amazonía pasen más tiempo en las ciudades ha provocado que pierdan el sentido real de lo que es vivir en la selva.

Las participantes de la marcha cuentan que se llenaron de pesar cuando el asambleísta amazónico Carlos Viteri Gualinga (AP), presidente de la comisión de Biodiversidad, sustentó en el pleno de la Asamblea el informe para ampliar la explotación petrolera en el Parque Nacional Yasuní.

Muestran rechazo también al referirse a Moi Enomenga, presidente de la nacionalidad Huaorani (NAWE), quien, por ejemplo, desautorizó y calificó de “mentirosa” a Alicia Cawiya, vicepresidenta de la NAWE, por hablar en el pleno de la Asamblea sobre las necesidades de su pueblo y de la exigencia de que se respeten sus territorios.

Además, según el portal Ecuadorinmediato, Enomenga habría declarado esta semana en entrevista con Radio Centro, que se ha comprometido con el Gobierno “a guardar silencio hasta que se cumplan algunos ofrecimientos en dos años”.

Patricia Gualinga, prima del asambleísta Viteri y dirigente de la comunidad Sarayacu, no entiende cómo su familiar o Enomenga pasaron de enseñar a su pueblo a “viva voz” sobre el valor de cuidar la selva heredada, a un “silencio cómplice”.

Para Marlon Santi, expresidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, el valor de la marcha radica en que sus protagonistas vienen de un sistema indígena machista muy marcado, en el que el hombre solamente ha tenido poder de decidir: “La salida de las mujeres le está diciendo al movimiento indígena madre: qué pasa, dónde están los hombres. Están cuestionando lo que se ha hecho y lo que se está haciendo, cuestionan ese va y viene, ese bailar de muchos líderes amazónicos”.

Otras de las motivaciones de las marchas, según sus participantes, es que se piense que los amazónicos son manipulables.

La andoa-kichwa Rosa Dagua, de la comunidad de Mangaurco de Montalvo y una de las participantes de las marchas, define en una frase el momento que vive su pueblo: “Las mujeres pensamos y actuamos de acuerdo a nuestros sentimientos y no por dinero. Jamás hemos tomado decisiones, los hombres sin consultar a las mujeres hacen lo que quieren y por eso hemos tomado la decisión de actuar”.{jcomments on}

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